Dejar ir algo es dejar de verlo como algo externo a nosotros. Antes de preguntarnos por qué no podemos soltarlo, podemos observarnos y preguntarnos: ¿qué parte de mí sigue aferrándose a esto? ¿Qué identidad de mi ego encuentra familiar esta experiencia y, por eso, se resiste a dejarla ir?
Porque muchas veces no nos aferramos únicamente a aquello que queremos soltar,
sino a la identidad que construimos alrededor de ello…
la versión de nosotros que se sintió valiosa, elegida, necesaria, reconocida, amada o segura a través de ese vínculo.
Dejar ir entonces implica observar quién hemos sido dentro de esa experiencia y visualizar quién necesitamos dejar de ser para poder soltarla. Y, al mismo tiempo, quién podemos comenzar a ser cuando ya no necesitamos que aquello externo confirme nuestro valor.
Quizá soltar no sea conseguir que algo deje de importarnos. Quizá sea dejar de necesitar ser la persona que necesitaba que eso existiera.
