El impulso del ego nunca está realmente orientado a tu bienestar. Su prioridad no es que vivas en paz, sino mantener viva la historia que tienes sobre quién eres.
Por eso rechaza la incertidumbre y necesita demostrar constantemente que existe, que importa y que tiene valor.
Busca confirmación para aliviar el miedo a no ser suficiente o a no ser importante. Pero ninguna confirmación dura demasiado.
Cuando obtiene una prueba (un mensaje, un reconocimiento, una respuesta o una reacción) aparece un alivio inmediato.
Por unos instantes parece que todo está bien. Pero ese alivio es pasajero. Es una sensación de falsa dopamina…
Ahí está la trampa.
Después de unos minutos o unas horas, la sensación desaparece y vuelves exactamente al mismo lugar.
Incluso puedes sentirte más vacío que antes. Es como tener mucha sed y beber agua salada: al principio parece que calma, pero en realidad solo hace que necesites más.
Eso ocurre porque la tranquilidad dependió de algo que estaba fuera de ti….
Cuando ese estímulo desaparece, también desaparece la calma.
Entonces vuelve la necesidad de buscar otra prueba, otra respuesta, otra validación.
Así se crea un ciclo que nunca termina… Cada vez necesitas una nueva confirmación para sentirte bien, pero ninguna logra darte una sensación de seguridad duradera.
En ese sentido, el ego no busca tu bienestar.
Busca proteger la imagen que has construido sobre ti mismo, aunque el precio sea vivir con ansiedad, gastar tu energía persiguiendo validación y alejarte de una paz que no depende de la aprobación de los demás.
